Por Luisa Fernanda Ramírez Naranjo 

Un grupo numeroso de madres se reúne cada semana a tejer y charlar. A lo largo de las tardes del jueves se hacen compañía y comparten macramé, croché, bordado y telares. Hasta ahí no se diferencia en mucho del costurero que podemos encontrar en la parroquia de barrio. Sin embargo, a esta red de manos e hilos las une algo más que el tejido. Los hijos de estas mujeres son casos de “falsos positivos” o crímenes de Estado. Son quienes han puesto parte de los muertos inocentes en el conflicto armado en Colombia.  

Entre agujas, telas y colores estas mujeres comparten su dolor para intentar cerrar heridas punto a punto. La gran mayoría ha logrado recuperar el cuerpo de su hijo, pero ese no es el caso de Doris, quien aún espera poder cerrar su duelo y darle cristiana sepultura a Óscar. Óscar es el quinto hijo de Darío y Doris, quienes, como si fueran personajes de un cuento de hadas, se enamoraron al conocerse y se casaron un mes después. Llevan juntos 44 años, y su amor y la costura han ayudado a Doris sobrellevar el dolor. 

Doris recuerda entre risas el carisma de su hijo desaparecido. Óscar cantaba rancheras de Vicente Fernández como pocos; incluso cuando tenía 5 años se ganó un
concurso de canto en la plaza del pueblo de Fusa. De adolescente, dice su madre, “él era muy sonriente, muy dado a la vida, nada de apego. Yo le decía: hijo, tienes que lavar la loza; me respondía si madre pero si me dejas la pega de las ollas del almuerzo; pero al día siguiente los platos aún estaban apilados en la cocina y Doris furiosa le recordaba su pacto. Óscar conjuraba un verso infalible para hacerla reír: “madre, no se estrese, mire que le salen canas, se vuelve viejita, se arruga, a ver contemos hasta cinco”. Doris siempre caía y terminaba cediendo ante su buen genio con un abrazo. 

Diciembre de 2007. Óscar viaja a Cúcuta aprovechando la época para vender ropa.  Planeaba montar su propio negocio como comerciante. El 31 a las 11 p.m., Doris recibe la llamada de Óscar, él le pide que pasen a hablar todos sus familiares al teléfono para desearles un feliz Año Nuevo. Esa sería la última vez que oirían la voz de Óscar. 

Enero de 2008. Doris despierta a media noche sobresaltada, sudando frio, acaba de soñar con Óscar quien le pedía auxilio extendiendo sus brazos, soñó una gran roca, una cerca, un potrero. Doris siente que su hijo agoniza. Pasan los días, el celular de Óscar se va a correo de voz, no llama, no aparece. Un año de incertidumbre, y Doris siente que su casa se llena a veces del olor de Óscar, lo siente entrando, se sienta en la sala y resuella cansado. A pesar del silencio de Óscar, el cordón entre madre e hijo sigue sosteniendo la comunicación más allá de las distancias.  

Lo preguntaban, lo llamaban, lo buscaban bajo cada piedra, nada, ni rastro de Óscar. La familia le pedía a Doris que lo dejara ir, pero ella estaba dispuesta a seguirlo buscando con o sin ayuda. Junio de 2011.  Doris toma valor tras una aromática con aguardiente y se va para la Fiscalía a pedir claridades. De las anteriores denuncias de desaparición hechas por Doris y su familia nadie dio razón. Dice Doris apagada: “me causó mucha desilusión que las autoridades no me hubieran ayudado a buscar a mi hijo”. Unos días después el CTI tenía noticias. El cuerpo sin vida de Óscar estaba en Copey, Cesar, a nueve horas de Cúcuta, lugar donde se encontraba en diciembre de 2007.   

La primera reacción de Doris fue la negación. Le entregaron un número de serie y ella salió con la noticia de la muerte de Óscar retumbando en su cabeza. Sin saber de sí, desorientada y en plena calle, se cayó y se fracturó la muñeca. La familia no se enteró del tema hasta unos días después que Doris salió del hospital. 

Rubén, el hermano de Óscar, regresó a donde las autoridades pidiendo información, claridad, hechos. Le entregaron un registro de defunción donde afirmaba que Óscar Alexander Morales Tejada había sido abatido por el ejército en un enfrentamiento con la guerrilla en el Cesar. El documento estaba incompleto, la encargada del levantamiento del cadáver no tenía número de cédula, la descripción de los hechos estaba vacía, los espacios estaban en blanco, la verdad era silencio en ese documento.  

Doris, agobiada por la falta de claridad sobre la muerte de su hijo, acudió a un abogado. Su lucha por la verdad se sumó a la de docenas de madres en las mismas condiciones y cuyos hijos habían muerto en similares características: desapariciones, ausencias, silencio de las autoridades,  registros incompletos. Estas muertes forman parte de los mal llamados “falsos positivos”, asesinatos perpetrados por el ejército a jóvenes inocentes, sin ninguna vinculación con la insurgencia, para hacerlos pasar por guerrilleros y obtener los estímulos correspondientes. Este fenómeno ocurrió masivamente bajo la presidencia de Álvaro Uribe Vélez. 

El cuerpo de Óscar, según registros, está en un potrero ubicado en la espalda de Copey, César, junto con otro centenar de muertos. Según los registros, en esta fosa común, ahora cubierta de pasto y desechos, se encuentra el cuerpo de Óscar, al lado de los de Germán Leal Pérez y Octavio David Vilvao, uno de Valledupar y el otro de Cúcuta. Octavio desapareció el 14 de enero de 2008 y Germán el 15 de enero de 2008. Los padres de estos muchachos han sufrido la misma suerte que Doris y Darío, pero uno de ellos ha recibido amenazas de muerte, por lo que decidieron parar la búsqueda. 

Noviembre de 2014. Seis años después Doris hace una peregrinación a la fosa donde, según registros, se encuentra Óscar. La lucha para que le entreguen el cuerpo de su hijo no ha dado frutos aún porque implica desenterrar a cien o doscientos muertos y comenzar a identificarlos uno a uno, según dice Doris. A la peregrinación la acompañan sus amigas del costurero, su esposo y otros allegados. Lleva consigo tres pequeñas plantas de jazmín, para sembrarlas en la tierra donde yacen los tres jóvenes asesinados: Óscar, Germán y Octavio. 

A medida que se va acercando al lugar Doris encuentra familiar algunas imágenes. Un potrero, una cerca, una roca. Ya había estado allí, Óscar la había llevado en el sueño. Al llegar encuentra una planicie grande y solitaria. Doris camina largamente, la recorre, la habita y llama a Óscar, con la esperanza de que le revele su ubicación. Doris gira la cabeza para buscar por todos lados en esa gran llanura de incertidumbre que parece la nada misma. Nadie responde. Entre las nubes se asoma un arcoíris, Doris lo contempla con esperanza y ve a su hijo cerca.   

La tela donde Doris cuenta esta historia aún está tejiéndose. Es un cuadro que con retazos de colores forma el potrero, las rocas, las cercas, algunas casas alrededor, las nubes, el arcoíris, el rostro de Óscar. 

Doris da algunas puntadas a la imagen de su hijo y se detiene para descubrir su brazo derecho y mostrar un tatuaje. Con tinta negra se deja ver un joven de rostro afable, abajo reza 17 de noviembre de 1981- 16 de enero de 2008. Es Óscar, la fecha de su nacimiento y la fecha del sueño en el que le pide ayuda a Doris mientras agoniza.    
Del sueño al tejido, del tejido a la piel, el hilo entre Óscar y Doris permanece intacto sin romperse. Dice Doris que lo ha vuelto a sentir, esta vez le pidió que no lo llorara más, que estaba muy triste de tantas lágrimas. Doris recuerda lo que le decía cuando la veía brava o triste: “madre, no se estrese, mire que le salen canas, se vuelve viejita, se arruga, a ver contemos hasta cinco” y una vez más este verso surte el mágico efecto y la risa vuelve a aparecer en el rostro de Doris, quien espera que Óscar vuelva de su viaje mientras teje.