Un hombre alzado en almas


Por Luisa Fernanda Ramírez Naranjo

Encontramos a Sebas en su lugar de trabajo en una esquina de Bogotá, tras tomar un taxi, dos buses y caminar serpenteando varias manzanas. Lo que antes era el Centro acción comunal de Suba, ahora aloja un proyecto llamado Escuelas de Perdón y Reconciliación, una iniciativa que promueve el uso del perdón para alivianar los pesos del alma. 

La silla de ruedas deja ver un cuerpo grande y robusto que ágilmente esquiva personas y una que otra mesa atravesada. El hombre rodó hasta la puerta para extender su mano grande, áspera y agrietada que delataba su pasado como campesino. Una sonrisa larga y pausada deja salir el acento caribe que nos invita a pasar a su oficina, un cubículo con un computador, un par de sillas rimax y cartulinas de colores que con letra en marcador llevaban algunas máximas sobre la compasión entre seres humanos.

Victoria

Sabas es un abuelo de 47 años sin una cana, con pocas arrugas y con un gesto tendiente a la risa casi todo el tiempo. Es un líder comunitario que en su trabajo promueve que los jóvenes no caigan en pandillas, que los esposos se reconcilien y que los vecinos se solidaricen. Sabas es un excombatiente del bloque caribe de la guerrilla de las Farc que se reintegró a la vida civil hace trece años.  

Una niña con una corona de trenzas y vestida de rosado se desliza por la oficina y nos pregunta si puede tocar el computador. Entra Sabas y cariñosamente le pide que vaya a casa con su mamá, nos mira y reconoce que se desvela de amor por su nieta.
 
La infancia de Sabas transcurrió en la zona rural de Pueblo Bello, Cesar, al pie de la Sierra Nevada, cerca de las comunidades Arahuacas. Proviene de una familia con 22 hermanos, fruto de un padre severo que promulgaba el trabajo de la tierra, incluso entre los más pequeños, como condición para ganarse el pan diario y una madre cariñosa que terminó sus días sumida en la tristeza por los permanentes conflictos entre hermanos y padre que solían estar acompañados de machete y cuchillo.

Los juguetes de Sabas eran improvisados carritos de latas de aceite que rodaban por las carreteras destapadas de las fincas jalados con cabuya, mientras pasaban llenos de “juguetes”, armados y portentosos los guerrilleros de las Farc saludando a la gente.  

Cada vez que había una riña en el pueblo eran las Farc quienes solucionaban el problema, ejercían autoridad y control. Entraban en las tiendas con mujeres y armas y la gente les abría paso con reverencia. Varias generaciones nacidas en este territorio crecieron viéndolos como una parte más que cotidiana de sus días; eran el celador de la esquina del barrio o el vecino que daba pautas de conducta de lo que estaba bien o no hacer.  

Los días como niño para Sabas fueron pocos. Su padre lo involucró en sus dos trabajos: con los asuntos de las fincas manejando trabajadores y llevando cuentas y en su labor como inspector rural como escribiente, anotando las causas de muerte y características de los cadáveres de la zona. Fue entonces, recuerda Sabas con una risa que sirve de escudo, que vio por primera vez un cadáver; un hombre con un tiro de escopeta en el rostro, al parecer por causa de una riña. Madurado viche, rodeado de gestos violentos y tras cumplir sus 16, lo convoca un día la guerrilla a la orilla del río para anunciarle sin más, a él y otros 15 pelados, que desde entonces estarían encargados de la seguridad en la zona. Y como quien obedece aljefe, ninguno se rehúso.  
Las armas fueron un objeto de deseo desde pequeño. Las personas poderosas que los rodearon llevaban un arma. Y como si el respeto, la autoridad y el poder que producen, se trasladara a su portador, la fijación por tenerlas y el gusto por manejarlas se instaló en el mapa de los deseos de un niño.

Vestido de civil a los 16 años recibió su primer juguete. Una pistola. Entre 1985 y 1990 Sabas fue miliciano rural de las Farc, algún problema en la zona y debían entenderse con él, un chico aún con granos y un insipiente boso. Ante sospechosos de informantes la orden era “judicializar” y según dice, se cometían atropellos con gente inocente con nula investigación.  Durante esos cinco años llegaron igual número de hijos con tres mujeres diferentes. La última de ellas lo convence de cambiar de vida y se lo lleva a Barranquilla. 

La arenosa le da un asomo de tranquilidad. Los conocimientos como administrador de fincas en su infancia le abrieron camino como negociante de víveres. Huevos, pollos y carnes eran el sustento de los días más bondadosos y alegres que tuvo en su pasado, recuerda.  
Pero el sino de la guerra se lleva a cuestas y reaparece como un cobrador pidiendo una nueva cuota. Después de muchos años sin saludarlo, uno de sus hermanos vinculado a las Farc llegó de visita a Barranquilla con un amigo apodado el calvo, entre cervezas y comida le piden que les ayude nuevamente, esta vez, suministrando víveres y armamento para las filas guerrilleras de cinco frentes, es decir, todo el bloque caribe de las Farc. Esta vez pudo haberse negado, pero aceptó, confiesa Sabas. 

Pasados unos meses de trabajos exitosos abriendo corredores y moviendo provisiones, comenzaron los diálogos en el Caguán, a su hermano lo trasladaron para el Caquetá y el Calvo murió en manos de los paramilitares. El comandante del frente 19 de las Farc, llamó a Sabas y lo nombró jefe de operaciones, y como él dice, lo dejó con ese problema. Sabía demasiado, ya no era un hombre libre y pertenecía a las Farc. Era tanta la confianza que habían depositado en él, que los comandantes le entregaban su ubicación y la de sus familiares para reuniones y entregas de dinero.  

Mientras tanto la familia de Sabas poco a poco quedó relegada y con cada visita a la montaña su estadía se extendía. Primero quince días, luego un mes y hasta seis meses estuvo internado en la sierra haciendo lo que todos: prestando guardia, ganando territorio, cumpliendo órdenes. Recibió entrenamiento militar y volvió a cargar un arma.  
Ahora entrado en sus veinte años, tenía por fin un arma y tanto la deseó que se volvió su sombra. Era lo primero que veía al dormir y al despertar, instalada junto al plato de comida, al borde de la letrina, en el río y en cada paso en la selva. Cada día más pesada, más protagónica, más importante, más que cualquiera a su alrededor, incluso que él mismo. “Si se le pierde lo matan a uno”, dice Sabas arqueando sus cejas.  

Con nerviosismo fricciona sus dedos sobre la mesa rimax, como limpiándola. Con la mirada baja y los ojos brillantes retoma su relato. Un nuevo milenio y en Colombia los paramilitares se hacían a fuego y sangre los viejos lugares farianos. El ejército venía haciendo inteligencia a las descargas de armamentos del bloque Caribe y en Barranquilla capturaron a Sabas y uno de sus compañeros. De inmediato los entregaron a los paramilitares para que hicieran lo suyo. Los llevaron a una finca durante cinco días y después de quitarle las uñas de los pies, meter su cabeza en una bolsa y causarle dolores que hacen preferir la muerte, su compañero aceptó dar información. Sabas estaba a punto de ser fusilado cuando los paramilitares recibieron la orden de que tenían que soltarlo.   

Necesitaron cuatro días en el hospital para que sanaran las heridas que había dejado la tortura, antes de posar para las cámaras como capturados, ya que, por supuesto, no debían aparecer con la cara hinchada para la televisión nacional. Sabas pagó un año de prisión, pero el bloque caribe de las Farc lo necesitaba y decidieron sobornar a un juez para que lo liberaran con 25 millones de pesos.

Para febrero de 2002, a la edad de 32 años, Sabas estaba fuera de la cárcel pero aún sin libertad, y por su mente cruzó escapar de las Farc. No pasaron tres meses cuando recibió todo el peso de un arma sobre sí. Le descargaron seis tiros y lo dieron por muerto. Su hermano, quien lo acompañaba en una operación para recibir armamento, se dio cuenta que aun respiraba y lo llevó al hospital. Pero el director del hospital le pidió que se fuera para otro lugar porque temía que por matarlo, sus asesinos se llevaran por delante la vida de otras personas en el hospital, lo trasladaron en ambulancia hasta Valledupar a un centro médico de confianza y pudo recuperarse, duró tres meses hospitalizado y casi se muere. Pero tal era la orden de acabarlo que hasta allá también lo persiguió un hombre armado, tuvo que pedir a las enfermeras que sacaran al sospechoso que había entrado varias veces a su cuarto mientras dormía, según le informó su compañero de habitación.

Sobre este atentado Sabas dice que nadie lo investigó, nadie le preguntó por los hechos, ni fiscalía, ni policías. Después de algunos años oyó una confesión de un paramilitar que afirmaba que el ejército le había dado la información de inteligencia para que lo mataran, por eso dice Sabas, fue un acción consentida entre paramilitares y el ejército.

El arma que comenzó siendo un deseo, que fue su primer juguete y que tomó el lugar de su sombra, lo persiguió para anularlo. Después de haber sido un hombre alzado en armas, ellas mismas lo dejaron sentado por el resto de su vida. Del hospital salió en silla de ruedas y con vida. Tiene cosas que hacer aquí, dice Sabas, por eso una vez más le dieron una oportunidad.  

Durante un año, altos comandantes de las Farc le enviaron ayuda. Pero pasado el tiempo no volvió a llegar dinero ni razones, su capacidad de movilidad era muy poca, la guerra misma lo había desmovilizado, y ahora no era útil para sus antiguos jefes. Quedo abandonado a su suerte. Con mucho temor y desconfianza al estado y sus organizaciones, Sabas tardó varios meses para entrar al programa de reinserción, pero movido por la voz de un amigo y a través de la defensoría del pueblo pudo retomar su estado como civil.

Llegó a Kennedy en Bogotá en septiembre de 2003. La ciudad lo recibió con escaleras a su paso. No había lugar para sus piernas redondas y giratorias. Por eso al principio estuvo en un lugar para personas con remisiones médicas a Bogotá. Pero pronto se aburrió de la inactividad y las telenovelas cada noche y la representante del ministerio defensa con quien permanecía comunicado le propuso un plan de estudios. Sabas comenzó a integrarse a la vida civil y poco a poco conoció otros excombatientes. Les propuso unir fuerzas para ayudar con la comunidad, trabajar como voluntarios pintando casas, ayudando con jardines en guarderías, sirviendo a la población. No tardó en dejar ver su fuerza de liderazgo, lo que lo llevó a vincularse a las escuelas de perdón y reconciliación de las que hoy hace parte vital.  

Empecé a entender que quitarle el fusil a un guerrillero es muy importante, pero si no logramos desarmarlo de su actitud, de su pensamiento, de la palabra, eso no tiene futuro porque va a cambiar esas formas de generar violencia por otras

Sabas llegó a ser un hombre muy importante para las Farc, pero quizás ahora sea más importante para la sociedad.  “Nosotros trabajamos el perdón no como el regalo que le hago al que me jodió la vida, sino como el regalo que me hago a mí mismo. Cuando logro soltar esos resentimientos esa rabia es cuando logro liberarme…el bulto lo carga el que no perdona” Concluye diciendo que el círculo de la violencia se rompe cuando alguien perdona. 

Tocan la puerta de la oficina, es una mujer que le pregunta cómo puede entrar a la escuela que enseña a perdonar. Sabas la atiende con la sonrisa de siempre y la invita a la próxima sesión.