En los zapatos del otro


Por Luisa Fernanda Ramírez Naranjo

“Mucho gusto, Luis”, una mano grande, lisa y clara acompaña la voz de este hombre de 35 años, alto, fornido y con pelo muy corto. En contraste con su aséptica apariencia, Luis fue un niño muy rebelde, recuerda entre risas al iniciar la conversación. Fue su rebeldía y su espíritu de líder lo que le abrió el camino para llegar a ser comandante de la guerrilla de las Farc en Caquetá.  

Luis tenía 10 años de edad cuando llegó a casa con un provocador corte de pelo. Atrás largo sobre los hombros y a ambos lados rapado formando un ángulo de noventa grados, corte también conocido como el siete, a lo Pedro el Escamoso. Tras verlo su padre, le preguntó si se había “mariquiado” y ordenó que se lo quitara; Luis sabía que su conservador padre, que había prestado servicio y tenía un pasado como pentecostal, podría ser muy severo. A la voz de su padre se sumó la de la guerrilla, que le había dicho en tono amenazante que la próxima vez quería verlo sin ese excéntrico corte de pelo. Conservó hasta que pudo su look, pero finalmente fue llevado de la oreja por su padre al peluquero y terminó rapado.      

Tampoco en la escuela era muy acepada su rebeldía. Llegó hasta cuarto de primaria en el colegio. Se hartó de madrugar, de la profesora y de los compañeros. Él solo quería divertirse y recochar; además no tenía problemas en irse a los golpes con quien fuera y eso no caía muy en gracia dentro de la escuela.  En sus tiempos libres ayudaba a su padre en el mostrador del mercado de víveres. Semana tras semana, guerrilleros armados y acompañados de mujeres compraban hasta tres millones de pesos en la tienda; eran muy buenos clientes de su padre. Esa imagen asociada a la abundancia y el poder se quedó impresa en sus recuerdos. A eso de los 9 años consiguió su primer trabajo raspando coca, y a los 10, con sus primeros ahorros, compró un arma. Con su pandilla de amigos se estrenó la pistola para defender a algunos niños del bulling escolar, pero también algunos de ellos comenzaron a tomar lo que no era suyo. A pesar de no estar involucrado en robos, a Luis y su familia les llegó la noticia de que estaba en las listas de los grupos de limpieza social.    

Con trece años le dijo a su papá que quería unirse a la guerrilla. Metió sus cosas en una maleta y se calzó sus tenis Reebok con olor a nuevo; “eran los más caros y de moda en su momento”, recuerda. Luis era un chico al que no le faltaban comodidades, sus relatos se remiten con nostalgia a una infancia plácida, con todas la necesidades cubiertas libre de reglas. Recuerda que en alguna época jugó futbol en la selección Caquetá y se perfiló como un jugador estrella, pero al primer problema con el entrenador desistió de su carrera como deportista. La cita con la guerrilla fue en la orilla del río; desde allí sus amigos y su novia lo despidieron batiendo las manos hasta que la canoa hizo su primera curva. A pesar de que la guerrilla funcionaba con la misma disciplina que un día lo había aburrido en el colegio, para el niño que alguna vez fue Luis lo prohibido de las armas y la vida en el monte alimentaron una vez más su impulso rebelde. Luis prefirió las armas a los balones, y las botas a los tenis.

Cuando le pregunto si sabía a lo que iba, me responde: “Yo solo quería ser guerrillero”. “Yo ingresé por las armas a la guerrilla. Porque desde chiquito me encantaron, porque me crié con películas de Rambo, Yango Negro, Escorpión, Comando de Swarzeneger y todas esas películas que un man mataba a mil”, dice Luis como explicándose a sí mismo los motivos de su decisión.  Con escasos trece años, Luis se bajó de la canoa y pisó su primer campamento guerrillero. No le fue del todo desconocido porque allí encontró muchos compañeros raspachines. Parecía ser un destino compartido por muchos jóvenes de su generación.  

Una nueva vida precisa de un nuevo nombre y el escogió el de Rubén Darío. Primero comenzó como miliciano, pero se encontró con comandantes que mataban a civiles por robar y para hacerse a las fortunas de la cocaína. No tardó en denunciarlos ante sus superiores y ganarse tempranos enemigos. La guerrilla le daba la bienvenida comiendo mal, con jefes abusivos y matones. Pensó en regresar a la comodidad de su casa, pero le pudo la imagen que quería conservar frente a su padre, quería demostrarle que era una persona de palabra.   Tres meses después de ser miliciano, ascendió a recibir cartilla militar para engrosar las filas como guerrillero en la selva. Los cuatro años en la escuela lo pusieron en cargos importantes de finanzas; a pesar de todo, los estudios le habían servido para aprender matemáticas. En esta nueva época formó parte de las tomas más representativas del Bloque Sur: las Delicias, Túqueres  (Nariño), Guasa, las dos tomas a Valparaíso (Caquetá), y la del  Billar en el Caguán. 

Pero en esta guerra un terreno ganado es otro que se pierde y en 1999 le tocó a su pueblo, Zabaleta. Los paramilitares entraron a la plaza y masacraron doce personas, entre ellas a su padre. Por la misma época su compañera quedó en embarazo de mellizos y la obligaron a abortar con cuatro meses. Así es como, en un mismo año pierde a su padre y a sus primeros hijos por culpa de la guerra.  Luis tiene dos tíos suboficiales del ejército y un tío paramilitar de alto rango. Algunos primos en la policía y también en el en ejército. Otros tíos son por tradición simpatizantes de la guerrilla y otro es uribista. Todos bajan del monte o llegan del pueblo a visitar a la abuela. Se reúnen a veces para almorzar y abrazarse, son una familia muy unida. Sus tíos lo invitan a unirse a las filas paramilitares y él les agradece y les explica que mejor cada quien en lo suyo. Como si se tratará de una jornada de trabajo en una empresa más,  la familia termina el sancocho de la abuela, y ella, desde la puerta, los despide dándoles la bendición. Todos saben que afuera las balas de uno tienen al otro por objetivo. La abuela se enjuaga las lágrimas y ruega para que no lleguen noticias de muerte sobre ninguno.    

Un año después de la muerte de su padre lo envían a hacer inteligencia al sur de Bogotá. En medio de cantinas con mujeres bonitas, él y sus compañeros alardean con sus armas y sus radios. Fue muy evidente quiénes eran y algún ciudadano los delató. Un domingo se organizó un operativo con la SIJIN y el GAULA y lo cogieron junto con otros dos pelaos. Los llevaron a la estación de policía de Kennedy y los torturaron esperando una confesión. “Pata, puño, bolsa, colgados, y nosotros nada”, recuerda Luis. Finalmente pasa unos meses en la cárcel, pero no le comprueban nada. Regresa al monte, y cuando le piden hacer otro operativo en la ciudad, Luis se niega.  Después de más de una década en la guerrilla, Luis se harta de una guerra sin fin ni sentido. “Era esa lógica de salir a matar, entonces a nosotros nos mataban 10 muchachos, y uno después se iba y llegaba con tres muchachos y les decía, a las 6 pm ya tienen que haber matado mínimo a un soldado o a un policía. Y así era. Por la tarde comenzaba el radio a sonar, listo viejo, tres, cuatro, dos. Entonces, diga usted durante una semana, uno podía estar matando 40, 30 muchachos o a veces uno no daba la orden de matarlos sino de dejarlos heridos, para que sufra y eso genere sicología de guerra en los otros manes. Esas güevonadas locas que a veces se creen en el tema de la deshumanización de la guerra”. 

Luis se desmovilizó de la guerrilla en el año 2005. Vuelve con cicatrices de balas que le atravesaron el cuerpo, doce años más viejo, sin su padre y sin las comodidades que de niño lo rodearon. Luis llega a Bogotá para volver a ser esa persona que alguna vez dejo dentro de unos tenis Reebok nuevos.  Pero Bogotá lo recibe con toda la crudeza de la vida real. El desempleo, las distancias, la falta de dinero, los encuentros y desencuentros. El proceso de desmovilización es lento y difícil, sobre todo para una personalidad como la de Luis, que encuentra su esencia en la rebeldía. Luis no lograba acomodarse a la vida en Bogotá.  

Hicieron falta nueve años de ires y venires padeciendo la ciudad, para que Luis logrará cumplir con un verdadero proceso de desmovilización.  En uno de tantos cursos a los que asistía, Luis encontró a Wilson, un expolicía ciego debido a un atentado de la guerrilla de las Farc. Atando cabos, descubrieron juntos que Luis comandaba el frente que explotó la casabomba que dejó ciego a Wilson. La primera sensación de ese encuentro fue de miedo. Pero Wilson, de manera pública y generosa, le dio su perdón a Luis y valoró más la amistad que habían hecho durante el curso. En ese momento, Luis sintió vergüenza por primera vez en su vida. Wilson le dio una chispa al corazón marchito de Luis y ahí comenzó una amistad que hasta hoy se celebra con cenas y tragos.      

“Probablemente hace unos años a mí no me hubieran importado cosas que hoy en día me cuestan. Por ejemplo, estos últimos días me han invitado a encuentros con víctimas; yo antes entraba muy fresco y hoy en día he entrado casi temblando y comenzamos a hablar y les cuento. Siento que nunca les había dado el reconocimiento que ustedes (las víctimas) se merecen desde el respeto y desde la comprensión. Ahora trabajo con la Agencia Colombiana para la Reintegración y trato de ayudar haciendo voluntariado”.