Mientras teje

Mientras teje

Un grupo numeroso de madres se reúne cada semana a tejer y charlar. A lo largo de las tardes del jueves se hacen compañía y comparten macramé, croché, bordado y telares. Hasta ahí no se diferencia en mucho del costurero que podemos encontrar en la parroquia de barrio. Sin embargo, a esta red de manos e hilos las une algo más que el tejido. Los hijos de estas mujeres son casos de “falsos positivos” o crímenes de Estado. Son quienes han puesto parte de los muertos inocentes en el conflicto armado en Colombia.  

Entre agujas, telas y colores estas mujeres comparten su dolor para intentar cerrar heridas punto a punto. La gran mayoría ha logrado recuperar el cuerpo de su hijo, pero ese no es el caso de Doris, quien aún espera poder cerrar su duelo y darle cristiana sepultura a Óscar. Óscar es el quinto hijo de Darío y Doris, quienes, como si fueran personajes de un cuento de hadas, se enamoraron al conocerse y se casaron un mes después. Llevan juntos 44 años, y su amor y la costura han ayudado a Doris sobrellevar el dolor. 

Un hombre alzado en almas

Un hombre alzado en almas

Encontramos a Sebas en su lugar de trabajo en una esquina de Bogotá, tras tomar un taxi, dos buses y caminar serpenteando varias manzanas. Lo que antes era el Centro acción comunal de Suba, ahora aloja un proyecto llamado Escuelas de Perdón y Reconciliación, una iniciativa que promueve el uso del perdón para alivianar los pesos del alma. 

La silla de ruedas deja ver un cuerpo grande y robusto que ágilmente esquiva personas y una que otra mesa atravesada. El hombre rodó hasta la puerta para extender su mano grande, áspera y agrietada que delataba su pasado como campesino. Una sonrisa larga y pausada deja salir el acento caribe que nos invita a pasar a su oficina, un cubículo con un computador, un par de sillas rimax y cartulinas de colores que con letra en marcador llevaban algunas máximas sobre la compasión entre seres humanos.

En los zapatos del otro

En los zapatos del otro

“Mucho gusto, Luis”, una mano grande, lisa y clara acompaña la voz de este hombre de 35 años, alto, fornido y con pelo muy corto. En contraste con su aséptica apariencia, Luis fue un niño muy rebelde, recuerda entre risas al iniciar la conversación. Fue su rebeldía y su espíritu de líder lo que le abrió el camino para llegar a ser comandante de la guerrilla de las Farc en Caquetá. 

Luis tenía 10 años de edad cuando llegó a casa con un provocador corte de pelo. Atrás largo sobre los hombros y a ambos lados rapado formando un ángulo de noventa grados, corte también conocido como el siete, a lo Pedro el Escamoso. Tras verlo su padre, le preguntó si se había “mariquiado” y ordenó que se lo quitara; Luis sabía que su conservador padre, que había prestado servicio y tenía un pasado como pentecostal, podría ser muy severo. A la voz de su padre se sumó la de la guerrilla, que le había dicho en tono amenazante que la próxima vez quería verlo sin ese excéntrico corte de pelo. Conservó hasta que pudo su look, pero finalmente fue llevado de la oreja por su padre al peluquero y terminó rapado.